Pequeño girasol, hoy ha sido un día cansado. Me he desnudado emocionalmente por primera vez en mucho tiempo delante de auténticos extraños. Extraños que veo casi a diario pero, en definitiva, extraños. Hice un juramento con mi corazón, prometiéndole que no lloraría ante ellos y lo he cumplido, atragantándome. Sin embargo, sí han rodado lágrimas al mostrar mis heridas y el que no fueran mías, me ha obligado a mantenerme firme. El dolor que me provocaba quitarme la careta se ha incrementado al situar más abajo de lo normal, también la dificultad para hacer pero también ha crecido en mí la fortaleza. Quizá, por mi situación actual y por mi dignidad desde ella, no he llorado. Hace unos días estaba pensando en rendirme de una vez. Ya he luchado suficiente me decía y repetía una y otra vez que me merecía un descanso de la vida de una vez. Sin embargo, al recorrer las heridas de mi corazón y hurgar un poco en ellas he despertado a mi alma. Y aunque pequeña y tenue, ha iluminado mi corazón. Un poco, una inmundicia, pero lo ha hecho. Y me he dado cuenta que rendirme ahora es como tirar a la basura todo el esfuerzo, todo el dolor, toda la vida. No puedo, simplemente no estoy hecha para rendirme. Y eso es una desgracia pero también un don.